En México no pagamos gasolina cara por casualidad.
La pagamos cara por diseño.
Por Javier Zapata
Cada vez que una persona carga combustible, no compra solo gasolina: financia un Estado ineficiente, una política fiscal perezosa y una simulación energética sostenida a costa del ciudadano. La bomba despacha litros invompletoe; y el gobierno cobra resignación.
La versión oficial repite que el precio se explica por el mercado internacional, la volatilidad del crudo o conflictos lejanos. Es una coartada conveniente, pero falsa. El verdadero problema está dentro del país, la gasolina fue convertida en el impuesto más agresivo, cotidiano y silencioso del sistema fiscal mexicano.

“La gasolina no es cara; el Estado es voraz”.
Cerca de la mitad del precio del litro no corresponde al combustible.
Corresponde a impuestos.
El Economista publicó un desglose del precio de la gasolina en México en el que muestra que de un precio promedio de ~24.28 pesos por litro de gasolina Magna, 9.41 pesos son impuestos (IEPS + IVA), lo que representa alrededor de 40 % del precio final. Esto deja claro que una parte muy significativa del costo no es combustible sino tributos. 
El Informador también señala que aproximadamente el 40 % del precio de la gasolina son impuestos, incluyendo el IEPS y el 16 % de IVA. 
En en cuanto al sutento legal/fiscal
La Gaceta Parlamentaria de la Cámara de Diputados detalla que el IEPS, junto con el IVA del 16 %, se cobra sobre el precio del litro de gasolina y puede significar hasta más de la mitad del costo total del producto en algunos casos, según el ejercicio de precios y las tablas usadas para el análisis.
IEPS, IVA y cargas indirectas hacen de cada tanque lleno una recaudación obligatoria. No hay opción de negarse. El ciudadano paga porque necesita moverse, trabajar, producir y vivir. Eso no es política pública responsable: es dependencia fiscal sostenida sobre el consumo popular.
México decidió no cobrar mejor a quien más tiene, no combatir de fondo la evasión y no reformar su sistema tributario. En lugar de eso, eligió el camino fácil: cobrarle diario a todos.
“El mito del país petrolero”.
México presume petróleo, pero importa gasolina.
Exporta crudo barato y compra combustible caro.
Durante décadas se abandonó la modernización real de las refinerías, se apostó a la retórica energética y se normalizó la ineficiencia. Hoy esa omisión histórica se paga en cada estación de servicio, no en los balances gubernamentales.
“El “subsidio” como engaño político”.
Cuando el gobierno habla de subsidios a la gasolina, en realidad habla de administrar el enojo social, no de resolver el problema. Reduce temporalmente un impuesto, nunca el modelo. Controla el impacto mediático, no la causa estructural.
“El subsidio no es apoyo social:
es control de daños electorales”.
Compararnos con Europa es una trampa discursiva.
Sí, hay países donde la gasolina cuesta más. Pero también hay salarios dignos, transporte público eficiente y retorno visible de los impuestos.
En México hay salarios bajos, movilidad deficiente y una opacidad insultante sobre el destino real de lo recaudado. Aquí la gasolina no encarece el lujo: Encarece la vida diaria.
“El Nayarit: pagar más, y recibir menos”.
En estados como Nayarit, el impacto es todavía más crudo.
• No existe un sistema de transporte público moderno y eficiente.
• La movilidad depende casi por completo del vehículo particular y del transporte concesionado.
• La economía local, el comercio, el campo y el turismo resienten directamente el sobreprecio del combustible.
- A todo lo anterior sumar las calles destrozadas.
Cada aumento en la gasolina se traduce en:
• Alza de alimentos
• Encarecimiento del transporte
• Presión a pequeños productores
• Golpe directo al ingreso familiar
Y, sin embargo, el retorno social de ese impuesto no se ve reflejado en infraestructura, movilidad ni desarrollo regional. Se paga como si Nayarit fuera una potencia europea, pero se vive como una entidad periférica castigada por un modelo centralista.
“Las gasolineras; El último eslabón del enojo”.
Las estaciones no fijan el precio base, pero operan en un entorno donde la supervisión es débil, selectiva y, muchas veces, cómplice. Litros incompletos, prácticas abusivas y sanciones discrecionales agravan la percepción de saqueo cotidiano.
El problema no empieza en la bomba.
Empieza en el modelo que la usa como herramienta fiscal.
Conclusión
En México, la gasolina dejó de ser un energético para convertirse en un mecanismo de recaudación regresiva y de control social. Un impuesto que se paga todos los días y del que nadie puede escapar.
Mientras no se reforme de fondo la política fiscal, energética y de transparencia, seguiremos pagando uno de los precios más altos del mundo por un combustible que debería impulsar el desarrollo y no castigarlo.
Aquí, cada litro no solo mueve vehículos; Mueve la mentira de que así debe ser y la imposición.
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